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 Editorial
Queridos amigos y amigas,
En esta nueva edición de nuestra revista digital encontrarán ayudas para una
propuesta del Apostolado de la Oración a los jóvenes y a todos los cristianos, de
cara a la cultura actual.
Importantes acontecimientos han acompañado la marcha del AO y del Movimiento Eucarístico Juvenil en el mundo este
último tiempo. En mayo, en Tanzania tuvimos la segunda reunión para todo el Africa de nuestros Secretarios
Nacionales y parte de sus equipos. Estuvieron presentes representantes de 17 países, con un total de 27 personas
reunidas, entre jesuitas, sacerdotes diocesanos, religiosas y laicos. El encuentro sirvió para relanzar ambos
trabajos y entusiasmar a otros a comenzarlos. Elegimos en el Encuentro un Equipo de cuatro personas responsable
de animar el servicio del AO y del MEJ en todo el continente africano, con el Padre Rigobert Kyungu, sj, de R.D.
del Congo como coordinador. Se vio gran interés por el MEJ entre los delegados del “continente joven”, para dar
formación cristiana a niños y jóvenes. (Los documentos de este encuentro ya se encuentran en este sitio web
en inglés y francés).
En Polonia en septiembre tuvimos el encuentro de los Secretarios Nacionales de Europa, que por primera vez se
reunieron además con los responsables del MEJ de Polonia y de Francia. El tema del encuentro fue Cómo responder
desde el AO a las búsquedas espirituales de la juventud y de la cultura actual. Pudimos también explorar los
medios para una mejor coordinación y mayor colaboración entre el AO y el MEJ. Encontrarán en este número la
charla que nos ofreció el Padre Joseph Augustyn, sj, sobre la aproximación pastoral a los jóvenes. Dentro de
poco les podremos ofrecer aquí en nuestra página web un resumen de las conclusiones del encuentro.
Un motivador testimonio de un joven jesuita, palabras mías dirigidas a jesuitas jóvenes en Croacia y el hondo
mensaje de nuestro Director General al MEJ de Francia nos ayudarán a recordar la juventud y validez de nuestra
propuesta espiritual. ¡Buena lectura!
P. Claudio Barriga, S.J.
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Texto basado en mis palabras a un grupo de jesuitas jóvenes en Zagreb, Croacia, el 6 de noviembre
de 2008.
Supongo que todos los aquí presentes aspiran a vivir una vida plena de sentido, coherente, generosa en el servicio
a los demás, profundamente felices. Esto es lo mismo que decir en nuestro lenguaje cristiano: supongo que todos
aspiran seriamente a la santidad. Equivale a decir que queremos que nuestras vidas sean todas para Dios y que nuestros
corazones estén unidos a Él en todo lo que hacemos durante el día, aún en los más mínimos detalles.
Sé que esto es algo grande, que es un ideal muy alto, difícil, y que parece inalcanzable. Pero hablo de tener la
opción interior de querer vivirlo. “Quiero, deseo, que mi vida, cada detalle de mi vida, mi trabajo, mi descanso, mi
comer, mi dormir, mi soñar, mi cantar, sean sólo para Dios.” Se trata de tener el deseo sincero, la intención, que
mi vida sea toda para el Señor. O como mínimo, el deseo de tener este deseo, como sugiere San Ignacio.
Si no tenemos esto, entonces esta charla no les va a interesar.
Vengo a hablarles de una propuesta espiritual para poner la vida de cada día en manos de Dios, llamada Apostolado
de la Oración (AO). Y de su rama juvenil, llamada Movimiento Eucarístico Juvenil (MEJ).
El AO es básicamente una invitación a elegir y hacer cada día una opción radical diciéndole a Dios que mi vida es
suya, que no la quiero vivir para mí sino para él, que todo lo que hago es mucho mejor cuando la hago con Él y a la
manera de Él.
Hablo de una opción radical porque somos personas libres para elegir cómo queremos vivir nuestras vidas. Y porque
siempre podemos elegir otras opciones. Cada día podemos elegir y a veces de hecho elegimos el pecado, que nos
distancia de Dios. El AO nos ayuda a recordar y a hacer cada día la opción radical por Dios, haciendo de ella nuestro
modo habitual de vida. El AO guía nuestra voluntad para que el modo de vida y las opciones de Jesús puedan penetrar
en cada una de nuestras acciones cotidianas, incluso en las más humildes y ocultas.
¿En qué consiste el AO? ¿Cómo se practica? El AO consiste básicamente en la ofrenda diaria de la propia vida a
Dios, unida a la ofrenda de Jesús al Padre. Lo practicamos a través de una oración que podemos decir en la mañana y
repetir durante el día. Aquí tenemos una posible formulación. Los invito a mirarla ahora, y leerla juntos.
Dios, Padre nuestro, yo te ofrezco toda mi jornada, mis oraciones, pensamientos, afectos y deseos, palabras, obras,
alegrías y sufrimientos en unión con el Corazón de tu Hijo Jesucristo que sigue ofreciéndose a Ti en la Eucaristía
para la salvación del mundo. Que el Espíritu Santo, que guió a Jesús, sea mi guía y mi fuerza en este día para que
pueda ser testigo de tu amor. Con María, la madre del Señor y de la Iglesia, pido especialmente por las intenciones
del Papa y de nuestros obispos para este mes.
¿Qué estoy diciendo con estas palabras? Estoy ofreciendo a Dios toda mi vida, la doy, la regalo al Padre. Le
devuelvo voluntariamente a Dios todo lo que he recibido de él, le ofrezco lo que soy, lo que hago y lo que haré.
Por esta oración renuncio a conducir mi vida según mis criterios y mis tendencias. Le digo que la quiero unir a
Jesucristo, a su Corazón y a su manera de actuar. De esa manera, con mi vida vivida de acuerdo a su voluntad, me
ofrezco a colaborar en la obra de la salvación.
Es más, vinculo esta ofrenda de mi vida a la Eucaristía, que es la vida de Jesús entregada al Padre y a nosotros por
nuestra salvación. Estoy diciendo que quiero que mi vida ofrecida sea como una Eucaristía, que sea una vida entregada
por los demás. Esto es lo que nos propone el Apostolado de la Oración. Paremos aquí un poco, para darnos cuenta de
lo que esto implica.
Esto es muy serio. Y suena muy difícil o, en realidad, imposible. ¿Cómo vivir todo para Dios, cada detalle, en
cada momento? No soy capaz.
Quiero ser sincero con ustedes. A mí esto me cuesta muchísimo. Después de haber ofrecido el día y toda mi vida a
Dios en la mañana, muchas veces llego al examen de la noche trayendo una hoja no muy limpia. Lucho cada día con
tentaciones en mi sexualidad, en las relaciones humanas, en mis modos de descanso, mi vanidad, mi orgullo, entre otras
cosas, y no siempre resulto vencedor. Llego a la capilla a pedir perdón a Jesús por mis faltas, y a decirle que
confío en que mañana será mejor, y pido para ello su gracia. También lo alabo y reconozco lo bueno que ha sido
conmigo, y le doy las gracias. Al otro día comienzo la jornada con renovada (y obstinada) esperanza. Le expreso de
nuevo al Señor mi sincero deseo de ofrecerle todo lo que voy a hacer y le pido con un audaz optimismo la gracia del
Espíritu Santo para poder vivir eso. Digo audaz optimismo porque sé quién soy y conozco mis flaquezas e
incapacidades. Pero lo digo porque estoy poniendo mi esperanza en él, porque sé que tiene la fuerza para hacer
nuevas todas las cosas.
Cada día libramos una batalla interior contra el enemigo que quiere sacarnos del camino de Dios, como describe San
Ignacio en la meditación de las dos Banderas (EE 136). De mi parte, ya hice la opción de vivir todo y sólo para el
Señor. Pero mi inconstancia, mi distracción y mi pecado me impiden vivir eso que deseo. Necesito algo que me permita
recordar constantemente que el sentido de mi vida es “alabar, servir y hacer reverencia a Dios nuestro Señor (…)
solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados ” (EE 23, PF). El AO me ayuda
a orientar el nuevo día en esa dirección. Cuando hago la Oración de Ofrecimiento, estoy renovando mi decisión de
vivir cada día y todo el día así. Lo hago en el mismo espíritu de la oración preparatoria de los EE: “que todas
mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”
(EE 46). Ofrecer el día con el AO me ayuda a recordar y repetir cotidianamente la respuesta generosa de todo
buen cristiano al Rey Eternal (“Quiero y deseo y es mi determinación deliberada… imitaros…” EE 98). Es una
forma de elegir siempre la bandera de Cristo y de vivir todo el día la actitud con la cual terminamos los EE
ofreciendo la vida, “Tomad Señor y recibid”, para en todo amar y servir (EE 234).
Resumiendo, el AO es una ofrenda radical de mi existencia, hecha cotidianamente. Ofrezco mi vida para cumplir en
todo la voluntad de Dios ese día.
Ahora bien, es importante entender que esto no lo puedo lograr como fruto de mi esfuerzo o capacidad personal, sino
invocando para ello al Espíritu Santo. No ofrezco mi vida apoyado en mis propios logros o éxitos, inexistentes, sino
en la confianza y optimismo de quién quiere y desea ser de Dios y vivir como Jesús. El Ofrecimiento Cotidiano es
básicamente una oración de súplica, hecha por un pobre pecador, que aspira a vivir con su corazón todo y sólo para
Dios.
He ido entendiendo que una clave para el cambio de vida es hacer cada día con la máxima sinceridad posible esta
oración de ofrenda. No sirve tomarla como un rezo que se repite en forma rápida, tal vez mágica o como un mero rito
externo. Debo orarla desde el corazón, ofreciendo lo que soy y tengo, en clave de deseo. Más que una declaración
de lo que voy a hacer o vivir ese día, que podría sonar pretencioso, es una súplica al Espíritu Santo para que
humildemente me conceda la gracia de poder vivir así como Jesús. El AO es entonces también expresión de una
nostalgia radical, un anhelo, que podríamos llamar una “nostalgia de santidad”.
Por último, la Oración de Ofrenda del día me descentra de mí mismo, me lleva a poner toda mi confianza en la
providencia divina. Aprendo a aceptar todo como venido de la mano amorosa de Dios, incluso en medio de situaciones
difíciles, pues a él he ofrecido toda mi jornada.
Podría decir que lo dicho hasta aquí es sólo la introducción a mis palabras sobre el Apostolado de la Oración, pues
a continuación les referiré algo de su historia y les hablaré del MEJ. Pero es esto tal vez lo más importante que
hoy les quiero comunicar.
Quise partir enfatizando la idea que el AO tiene que ver primero con nuestras propias vidas. Nos hace poner la
propia existencia en este camino de dar a Dios todo y no sólo una parte. Por esto el P. Kolvenbach lo ha llamado
“un camino de santidad para el cristiano del Tercer Milenio”. Por esto no podré ser un buen promotor del AO si no
lo vivo y practico primero en la vida personal. Un camino de santidad. Bello, exigente, desafiante, que llenará
de nuevo sentido cada minuto de mi vida.
A continuación hablé de los hitos históricos y fundamentos de la espiritualidad del AO, básicamente siguiendo el
esquema del inmejorable texto del P. John Vessels, “La historia del AO”, al cual los remito (en nuestro website, en
Documentos). Expliqué también la propuesta metodológica del MEJ como una forma de ofrecer esta espiritualidad a
niños y jóvenes.
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INTRODUCCIÓN
Tanto la caída del comunismo como la integración a la Unión Europea de los países del bloque oriental iniciaron
una gradual desaparición de las diferencias que había hasta hace poco entre los jóvenes de Europa occidental y
oriental. La Cortina de Hierro que dividió a Europa por medio siglo fue la razón para la diversidad de actitudes
y conductas de los jóvenes de ambos lados.
Entrar en política u otras actividades sociales en los países comunistas estaba reservado a la gente conectada con el
régimen. Por eso la gran mayoría de los jóvenes se apartaban de toda actividad social y política. Para involucrar
socialmente a los jóvenes, los comunistas organizaban el llamado “servicio comunitario,” como la limpieza de parques
en primavera. Era una forma de trabajo forzado, odiado por los jóvenes y considerado una violación política. Toda
forma de oposición a esas actividades “sociales” era visto como un acto de valentía y “lucha por la libertad.”
Recuerdo que en mi Colegio, dos amigos de quince años que no querían participar en el Desfile del 1° de Mayo,
“perdieron” por el camino dos banderas rojas que se suponía que tenían que llevar. El Consejo de Profesores lo tomó
como deserción y actividad perjudicial a la Patria; para nosotros sus compañeros, eran héroes. El Director los
amenazó con la expulsión y la llamada “tarjeta de lobo” que les impediría estudiar en ninguna otra escuela en
Polonia. Pero debido a su ”arrepentimiento”, intervención de los padres y magnanimidad del Director, sólo los
suspendieron por dos semanas y se les permitió seguir en el Colegio.
Esos castigos suaves a los jóvenes por “acciones enemigas a la Patria” solo se daban en Polonia: era muy distinto en
Checoslovaquia o Alemania Oriental, para no mencionar la Unión Soviética. Al comenzar los 70s, me hice amigo de una
familia checa cuyo hijo mayor entró al Seminario – el único en todo el país ese año. Su decisión costó muy cara a su
familia: la postulación de su hermana a la Universidad fue rechazada y a su hermano ni siquiera lo dejaron seguir
en el Colegio; a pesar de su notable inteligencia tuvo que seguir en una escuela laboral y ponerse a trabajar a
los 17 años, aunque quería seguir estudiando.
La gran mayoría de los jóvenes criados en ese clima de represión política, económica e ideológica, rechazaban todo
tipo de compromiso social y se retiraban a su propio mundo interior. Tanto la poca conciencia social como la falta de
compromiso político de jóvenes y adulto en la Europa Oriental de hoy es una herencia de la Cortina de Hierro.
Hay otra cara de la medalla de la división de Europa en tiempos del comunismo. Las condiciones de vida en ambos
bloques eran muy distintas. Cuando en 1968 los jóvenes de Europa Occidental se rebelaron contra sus gobiernos
democráticos y adoptaron un estilo de vida hippie, sus pares orientales luchaban con las dificultades de la vida
diaria. Y aunque en el sistema socialista no había desempleo –al contrario, había el “orden nacional del trabajo”
– las condiciones de vida seguían siendo de pobreza. Graduarse en la Universidad y comprar un pequeño departamento
de de 2 dormitorios era el mayor sueño de una pareja joven. Los adolescentes con ambición, de aldeas y pueblos,
deseosos de terminar la enseñanza media, se levantaban a las 5 AM a tomar un transporte público atestado para
llegar a la primera clase a las 8 AM. Regresaban a casa a las 6 PM para volver a levantarse a las 5 al otro
día. Así por 4 ó 5 años. Para muchos, un esfuerzo heroico.
Las duras condiciones de vida hacían que los jóvenes madurasen mucho más rápido que los de Europa Occidental.
Desde la primera infancia tenían que enfrentar dificultades que los occidentales no conocían. Durante la ley marcial
en los 80s, los adolescentes que querían ayudar a sus padres hacían colas por horas, incluso de noche, para adquirir
alimentos y otras necesidades. Cuando estudié en Francia e Italia (1981-1984), conocí a los jóvenes locales y tuve
la impresión que estos jóvenes de 20 se comportaban como los de 15 en Polonia. Era obvio: duras condiciones de
vida, penurias económicas, el sistema policial de control, exigían a los jóvenes del bloque oriental un máximo
esfuerzo, constancia y sacrificio.
Hoy, cuando las condiciones de vida son más y más similares en todos los países de la Unión Europea, las actitudes
y conductas de los jóvenes comienzan a convergir. Los polacos nacidos después de 1989 no difieren mucho de los
franceses, italianos o alemanes de su edad, aunque las diferencias nacionales, culturales y religiosas aún juegan
un rol.
En este artículo quiero discutir las características de los jóvenes que requieren atención especial en el trabajo
pastoral directo.
I. LA GENEROSIDAD Y NOBLEZA DE LOS JÓVENES
La primera característica sobre la que quiero traer la atención es la generosidad y nobleza de los jóvenes.
“Hoy los jóvenes son generalmente generosos además de sensibles y delicados” – podemos leer en los documentos de la
Congregación para la Educación Católica. La manifestación de la generosidad y nobleza de los jóvenes – según Juan
Pablo II – es su compromiso en diversas formas de trabajo voluntario, como en servicios sociales y eclesiales:
“Los jóvenes participan sobre todo en diversas asociaciones tanto tradicionales que se han renovado como en otras
nuevas”. En Europa oriental, los jóvenes desean comprometerse en las comunidades parroquiales, movimientos
religiosos, peregrinaciones, así como en servicios de caridad, mientras son menos sensibles a los temas sociales.
El trabajo voluntario, tan común en Occidente, aún no es tan frecuente en los jóvenes polacos, eslovacos o
ucranianos.
Los jóvenes manifiestan su generosidad y nobleza en un sincero compromiso religioso y moral. En numerosas ocasiones,
guié Ejercicios Espirituales a jóvenes en silencio total y con verdadero empeño. Los participantes eran muy jóvenes,
terminando el Colegio. Más de una vez me ha impresionado su sensibilidad y apertura a lo espiritual y religioso. Si
los deseos espirituales de los jóvenes no son satisfechos, se frustran, lo que resulta en indiferencia religiosa que
a veces lleva al cinismo religioso y moral.
Debido a su generosidad, el joven es capaz de tomar decisiones que requieren un serio compromiso, esfuerzo y entrega.
Esta nobleza adolescente es el fundamento para las vocaciones sacerdotales y religiosas. En mi opinión, la falta de
vocaciones no se relaciona tanto con la falta de valor y generosidad de los jóvenes, como con la borrosa identidad
del sacerdocio mismo. Un joven no entregará toda su vida a algo que es vago, poco claro o ambiguo. La admiración y
fascinación son requisitos esenciales para poder consagrarse a algo. El gran número de vocaciones, que hasta hace
poco había en Polonia, está bajando gradualmente. Esto – yo creo – se conecta con una creciente crisis del
sacerdocio incluso en Polonia. Un signo de esa crisis son los cada vez más frecuentes abandonos de sacerdotes
jóvenes. Para que la generosidad y nobleza de los jóvenes permanezcan y se conviertan en actitud permanente, se
requiere un fuerte apoyo de sus padres, formadores y sacerdotes. Se supone que el sacerdocio ofrecido a los
jóvenes les ayuda a realizar su generosidad adolescente en su vida cotidiana. Puede darse en compromisos
religiosos concretos: la oración diaria, el autodesarrollo, la superación de las debilidades el trabajo
artístico y la creación de lazos afectivos de amistad. Al referirnos a la generosidad y apertura religiosa y
espiritual de los jóvenes, no debemos temer enseñar una oración personal extensa, la lectura de la Sagrada
Escritura, meditación, adoración del Santísimo Sacramento, examen de conciencia, participación in la
Eucaristía. Los deseos espirituales de los jóvenes que no son satisfechos llevan a sentimientos de fracaso y
desilusión.
II. LA APERTURA EMOCIONAL DE LOS JOVENES
Otra característica significativa de los jóvenes que debemos considerar en el trabajo pastoral es su apertura
emocional, sinceridad y espontaneidad. Los jóvenes de hoy, en comparación con sus padres, generalmente tienen menos
dificultad en compartir su experiencia personal, tanto en reuniones como en conversaciones personales. Este gran don
de los jóvenes – sinceridad y apertura – lo notan especialmente los que trabajan diariamente con jóvenes. Pero
esta apertura y espontaneidad adolescente es – como su identidad – delicada y frágil. El joven a menudo expresa el
deseo – o hambre – de ser aceptado, bien recibido y amado. Aquellos cuyos padres fallan en dedicarles suficiente
tiempo, atención y cariño así como en escucharlos, comprenderlos y apoyarlos recurren a los sacerdotes o
educadores. Al hacerlos, les comunican sus expectativas frustradas. Estos jóvenes expresan su resentimiento
hacia sus padres sincera, abierta y directamente.
Es esencial que sus deseos y necesidades no sean una vez más desatendidos y descuidados. Si los adultos los vuelven
a desilusionar y no tratan de comprenderlos, los jóvenes se vuelven más retraídos y desconfiados. Tal desconfianza
normalmente continua en la vida adulta. Es de esta desilusión de sus mayores de donde brota la suspicacia de los
jóvenes hacia los adultos. Robert Bly in su libro Iron John habla de “los demonios de la sospecha,” que destruyen
las relaciones entre jóvenes y adultos: “Esos demonios, invisibles pero ansiosos de expresarse, alientan la
suspicacia hacia los mayores. Suspicacia que termina por romper la comunión entre mayores y jóvenes.” Somos los
adultos quienes debemos primero superar nuestra desconfianza hacia los jóvenes.
En nuestro trabajo pastoral con jóvenes, desde los primeros encuentros tenemos que hacer lo posible por crear un
clima de confianza, amistad y plena aceptación. Al hacerlo, apoyamos su apertura emocional y sinceridad. Para los
adultos, puede traer hermosas relaciones puras y sinceras entre amigos, parejas y familiares, y en las vocaciones
al sacerdocio, sinceras relaciones comunitarias y pastorales.
Se requiere del sacerdote una gran entrega y deseo de escuchar a los jóvenes. Me parece que la escucha es el
principal ministerio y ayuda para ellos. Lo más importante que podemos entregar a los jóvenes es escucharlos con
comprensión, empatía y cuidado. Los jóvenes no necesitan nuestros sermones, discursos e instrucciones sino que
escuchemos atentamente a lo que pasa en sus mentes y corazones. También necesitan que dialoguemos con ellos de
igual a igual. Me parece que nuestro ministerio con los jóvenes es aún “verborreico” –al menos en Polonia. Cuando
un sacerdote me invita a un encuentro con jóvenes, espera que les hable durante una hora y al final permite que
algunos jóvenes hagan un par de preguntas. Tal modelo pastoral es sin duda anacrónico. Refuerza la tentación de
no actuar y pasividad de ciertos jóvenes. Otros jóvenes, impacientes, abandonan ese tipo de pastorales. Durante
el comunismo el ministerio pastoral académico era uno de los modos de resistencia política, hoy ese ministerio
está en crisis. Muchos sacerdotes, nombrados al azar, no saben qué pueden ofrecer a los estudiantes.
Toda instrucción paternalista, aunque ofrezca los mejores valores morales, hoy es recibida por la juventud con
profunda desconfianza. Los desencanta de la Iglesia y de la religión. Si los mayores con paciencia aguantan
nuestra predicación moralizante, los jóvenes se van desilusionados y desmoralizados. Lo que oyen no les llega al
corazón. No responde a sus preguntas, necesidades, deseos y temores vitales. Al observar por años la pastoral,
creo que ahí está la fuente del gradual abandono de la Iglesia por los jóvenes europeos, tanto orientales como
occidentales.
III. DESEO de LIBERTAD
Cuando ofrecemos a la juventud nuestro apoyo espiritual y existencial, debemos tener en cuenta su gran necesidad de
libertad. La ayuda impuesta, la rechazan. Los educadores y sacerdotes deben reconocer que la juventud es
increíblemente sensible al tema de su libertad y la consideran esencial en sus vidas. Todo intento de limitarla la
consideran como un ataque vital. Reaccionan con rabia, por no decir agresividad. Su deseo de libertad no es una
amenaza para los jóvenes, no debemos temerlo. Pero es peligroso separar la experiencia de la libertad de su
responsabilidad consigo mismos y con los demás con quienes se relacionan.
La juventud hoy debe tomar conciencia que la libertad es un don muy difícil que requiere un gran compromiso y mucho
trabajo, pues está integralmente unido al amor y a la responsabilidad. Los jóvenes son muy lógicos. Al dialogar
honestamente con ellos, se les puede mostrar fácilmente que la libertad no es un valor autónomo que les permite hacer
lo que se les antoja. Si la entienden así, la libertad es destructiva, para el sujeto y los que lo rodean. La
persona es responsable de sus actos, lo acepte o no.
Cuando en la conciencia de un joven la libertad se separa del amor y la responsabilidad, se torna en abuso de la
libertad. Satisfacer sus deseos abusando de los demás no es una muestra de libertad sino un ataque al prójimo.
La norma de la libertad humana es el amor y la responsabilidad hacia sí mismo y el prójimo.
Para conectarse honestamente y de igual a igual con la juventud, hay que respetar su sensibilidad sobre la
libertad. Todo modo de presión de parte del sacerdote lleva a desconfiar de la Iglesia. Mientras más los
presionamos, más demostrarán su independencia y autonomía. Cuestionar o limitar su libertad no tiene sentido.
Los jóvenes que se asoman al mundo tienen que comprender la esencia de la libertad y ganársela en el trabajo
duro de cada día. Es el único modo de que elijan valores verdaderos en medio del caos moral y religioso en que
viven.
Si un sacerdote teme a la libertad, los jóvenes no solo desconfían de él, sino también de los valores morales y
religiosos que les ofrece. Todo lo que tenga un contenido espiritual será auténtico solo si es aceptado en un
ambiente de libertad. Los valores impuestos contra la propia voluntad pierden su sentido humano y espiritual.
La educación de los jóvenes en la libertad es hoy el fundamento de su desarrollo integral.
IV. SENSIBILIDAD Y FRAGILIDAD PSICOLOGICA
Una excepcional sensibilidad emocional es característica de la juventud. Francoise Dolto, una pediatra y
psicoterapeuta francesa, en su libro Comprender al niño compara el desarrollo del adolescente con el cambio de piel
de la langosta. “Cuando botan su caparazón, las langostas quedan desprotegidas mientras crean la nueva. En ese
lapso, están en peligro. Lo mismo sucede a los adolescentes. Crear una piel defensiva requiere tanto esfuerzo y
lágrimas que es como una penosa ‘exudación’. Casi siempre hay una serpiente esperando a la langosta sin caparazón,
lista para devorarla. Nuestras serpientes están tanto dentro como fuera y pocas veces nos damos cuenta.”
Esta sensibilidad de los jóvenes los hace muy vulnerables al daño. El adolescente que no sabe si todavía es un niño
o ya es adulto, fácilmente puede ser humillado y por ende, herido. Ser humillado y avergonzado es muy doloroso para
un joven. Confirma sus complejos y fragilidad, que viven tan dolorosamente. Como enfatizan muchos psicólogos, “la
apatía que el adolescente demuestra tan fácilmente, hacia sus pares y hacia los adultos, no es para nada un signo
de libertad interior, sino – todo lo contrario – una máscara del temor. Un escudo que los protege de todo el que
de algún modo los cuestiona o rechaza.”
Antonio M. Sicari, activista juvenil italiano, afirma: “Al encontrarme con muchos jóvenes he descubierto que muchos
de ellos al pretender ostentosamente que “nada me importa” y poner la típica cara de indiferencia adolescente,
temen estar fallando en su vida. Créanme, son más de los que se piensa.” Los jóvenes tienen hambre de
reconocimiento, respeto y aprobación de los adultos. Para sobreponerse a sus complejos de inferioridad y aumentar
su autoestima. La incertidumbre, el sentirse perdidos y temer por su futuro, les hace buscar la ayuda de los
adultos.
Dada su sensibilidad, se preocupan exageradamente por pequeñas fallas. Las menores dificultades engendran un
profundo desaliento y los inclinan a desesperar. Dirán: “Soy un perdedor, soy débil, nadie me necesita, voy a
fracasar en la vida.” Romper con la enamorada o un amigo, las acusaciones falsas, las burlas, las humillaciones
por sus pares, pueden llevar a veces a pensamientos e intentos suicidas.
Para aminorar el dolor del fracaso y la frustración, muchos recurren a intoxicarse con alcohol o drogas,
tratando de escapar al peso de la vida. Es la solución que les propone una sociedad de consumo que favorece
más el escapismo que el luchar por la vida y cuidarla con ternura.
Hoy como nunca antes, los jóvenes necesitan un profundo apoyo de los adultos. Su desarrollo emocional a veces
se prolonga mucho más allá de los 20. Su frágil inmunidad psicológica los hace dudar de sí mismos y sus
recursos. El escapismo de los jóvenes no sería tan peligroso si fuera excepcional y temporal. Lamentablemente,
puede continuar en la adultez, aunque tome otras formas. Sacerdotes y educadores deben estar conscientes que
no basta con advertir o disuadir contra las drogas, la pornografía u otros abusos.
Lo que necesitan los jóvenes es un diálogo honesto con sus educadores y pastores, que los proteja de las
diversas serpientes que están al acecho. El diálogo abierto y basado en la confianza es la gran herramienta de
que disponemos para ayudar a los jóvenes a encontrar su vocación. Los jóvenes no son de suyo suicidas. Aunque
el temor al fracaso es propio de muchos jóvenes, el deseo de vida y felicidad resulta más fuerte. Hoy más que
nunca los jóvenes necesitan que los adultos, sobre todo sus padres, confíen en ellos. No se les puede ayudar
controlándolos, manipulando su libertad o ejerciendo presiones.
V. CRISIS DE AUTORIDAD
La crisis de autoridad es otro problema esencial que los jóvenes tienen que enfrentar. Sin duda, esta crisis tiene
que ver con la influencia de numerosas tendencias de la civilización contemporánea que cuestionan toda autoridad,
especialmente religiosa y moral. La causa de esta crisis también puede ser la ruptura de la familia y la falta de
relaciones maduras al interior de la misma, especialmente con el padre. La crisis de autoridad está muy unida a
la crisis de paternidad. La apertura de la juventud que mencioné antes, a menudo tiene que ver con la búsqueda de
apoyo paternal. Luego, si queremos que la educación de los jóvenes sea fructífera, tiene que darse en un clima
paternal. El diálogo honesto con padres y educadores, en pocos años puede sanar a los jóvenes de su desconfianza
hacia la autoridad, ayudándolos a mejorar su autoestima y confiar en sus propias fuerzas. Al joven hay que
darle la oportunidad de ser “un buen hijo” para que pueda llegar a ser “un buen padre”, la oportunidad de
ser “un buen estudiante” para que pueda llegar a ser ”un buen maestro”. La pregunta y la tragedia de muchos
jóvenes es: “¿Cómo puedo ser un buen hijo si tengo un mal padre?”
Un joven puede reconocer su propio valer si logra confiar en una persona con autoridad que le pueda ayudar a
encontrar el gran potencial artístico, intelectual, emocional y espiritual, propio de los jóvenes. Potencial con
frecuencia ahogado por el temor, la rabia, la rebelión y la baja autoestima. Si las relaciones con los padres son
conflictivas, el joven temerá confiar en los adultos (sacerdotes y educadores). Como pastores debemos ser muy
creíbles para que los jóvenes puedan superar los prejuicios contra la fe, la Iglesia y la religión, que se pueden
haber ido arraigando por años.
VI. AMENAZADOS POR EL CINISMO
Quiero llamar la atención sobre otro peligro sobre el que deberíamos prevenir a los jóvenes: el cinismo religioso y
moral. Aunque este gran peligro amenaza –supongo – a un reducido número de jóvenes, requiere considerarlo con
seriedad. Para ilustrar lo peligrosa que es para la vida de los jóvenes una actitud cínica, voy a poner un
ejemplo:
Mirosław Nahacz (23 años), reconocido en el ámbito literario como el escritor más talentoso de la nueva generación,
se suicidó el 2007. Escribió 3 libros. Su primera novelita “Ocho Cuatro” la escribió a los 18 años y le abrió
las puertas de los salones literarios. Cuando la leí, me preguntaba como un jovencito venido de una aldea en los
montes Cárpatos pudo alcanzar tal maestría literaria. Si la forma del librito es muy bella, su contenido es muy
triste. Sus jóvenes personajes viven desesperadamente, usan un lenguaje brutal y vulgar y cortejan la muerte
con sus experimentos adolescentes con la droga.
Este breve relato emana vacío, falta de ideas y desesperación adolescente: “Podemos hacerlo, pensarlo, decirlo
prácticamente todo y además no tenemos que hacer nada; no hay para qué luchar porque en todo caso, no hay nada
por qué luchar; ni siquiera hay ideas; si alguien quiere puede hacerse acólito o boy-scout y puede encontrar en
eso un sentido u otra estupidez, no nos interesa nada de eso […] También sabíamos que a pesar de todo, somos tan
imbéciles como los demás, como toda nuestra generación perdida. Sabíamos que hablando solos no ganaríamos.
Además es imposible ganar cuando no hay nada por qué luchar. Más aún, a nadie le interesa luchar […] No. No se
trata para nada de lo que no tenemos o que alguien nos hizo daño, ni que el padre es alcohólico o que hubiera
violencia en el hogar. Lo que pasa es que todo es a menudo ilusoriamente normal.” Nahacz se da cuenta que en
su vida “algo no está funcionando como debiera,” pero se consuela con que él “tal vez lo supere.”
Desgraciadamente, no lo logró.
Tales actitudes en los jóvenes son fruto de una sociedad que promueve un mundo sin Dios. El filósofo izquierdista
francés Emmanuel Todd, quien describe fríamente, sin emoción, “la muerte de Dios en la cultura occidental,”
sostiene que los veteranos de un mundo sin Dios no tienen nada que los haga felices. El hombre privado de su
Creador no consiguió ser mejor. La cultura humanista occidental no ha desarrollado su equivalente a una religión
que pueda ser el garante de la moral social y personal. “Después de la muerte de la religión, se inició una
subrepticia revolución psicosocial, mucho más radical que el aumento del individualismo. El floreciente narcisismo
general” – concluye Todd. Habiendo sentenciado a muerte a Dios y la religión en Occidente, surge una pregunta:
¿Qué puede hoy obligar a que un hombre se comporte moralmente con los demás? La respuesta es: Nada. Tal cual.
Lo que le faltó al joven Nahacz fue el testimonio de valores religiosos y morales, la simple ayuda humana. Se le
dejó solo con su amargo cinismo hacia los valores religiosos y morales, que lamentablemente no pudo soportar. Las
palabras del Libro de Job son significativas: “Al afligido, el amigo debería derramar compasión, pero sin olvidar
el temor de Dios.” (Job 6, 14)
VII. DESARROLLO MORAL Y RELIGIOS0
La única barrera contra el cinismo será el desarrollo moral y religioso de los jóvenes. Y es hoy uno de los problemas
más difíciles.
Las conductas morales y religiosas son a menudo – especialmente en el primer período del desarrollo – un reflejo del
ambiente familiar y de los pares con que se vive. Sería ingenuo suponer que los cambios sociales contemporáneos,
el relativismo de los valores morales y religiosos (sobre todo los que se refieren al amor humano y la sexualidad)
no influencian a los jóvenes. Según las investigaciones sociológicas, hay muchas contradicciones en las actitudes
morales y sociales de los jóvenes. Por una parte, aprueban el sexo pre-marital, la pornografía y el divorcio.
Por otra, desean formar un buen matrimonio y familia.
La investigación del Laboratorio de Investigación Sociológica de la Universidad de Danzig hace pocos años es
muy significativa. Cuando preguntaron a los jóvenes: “¿Es aceptable para ti usar anticonceptivos?”, 90%
respondió – “sí”; 7% - “difícil responder”; y sólo 3% - “no.” Al preguntarles: “¿Es aceptable o no tener sexo
con la persona con la que te vas a casar?” 83% dijo “sí”; 12% - “difícil responder”; y 7% - “no.” Al
preguntarles: “¿Es aceptable para ti ver películas pornográficas?” 67% dijeron “sí”; 20% - “difícil responder”;
solo 13% - “no.”
Si solo consideramos estos resultados, el cuadro moral y religioso de los jóvenes parecería bastante pesimista.
Pero hay más preguntas que muestran que la juventud aprecia los valores relacionados con el matrimonio y la
familia. Preguntados: “¿Estás de acuerdo con la opinión que el matrimonio es una forma pasada de moda de
relacionarse el hombre y la mujer?” Más del 70% dijo “No”; y menos del 10% - “Sí.” “¿Piensas casarte por la
Iglesia?” 80% dijo “Sí,” y sólo 9% “No.”
Las contradicciones en las respuestas de los jóvenes son un reflejo de la sociedad en que viven. Tal como la
sociedad es incongruente en sus conductas morales y sociales, así son las respuestas de los jóvenes. Por eso
debemos interpretar con mucho cuidado su alejamiento de los valores y actitudes morales “tradicionales”;
no hay que identificarlos con la ausencia de sensibilidad moral y religiosa. Juan Pablo II – con una
profunda intuición de la situación de la juventud – enfatiza que los jóvenes “preguntan de frente los
tópicos básicos e inevitables sobre los valores que de hecho hacen que la existencia humana, el sufrimiento
y la muerte, valgan la pena. Muchos jóvenes sienten y expresan su necesidad de religión y vida espiritual.
Quieren la experiencia de desierto y oración, volver a una lectura más personal y constante de la Biblia.
Que los jóvenes se sientan perdidos moralmente, a menudo no es expresión de una piedad superficial, sino
más bien del “modelo de vida” inapropiado que ponen los adultos. Cuando los padres, educadores y
pastores esperan de los jóvenes conductas morales que ellos mismos no respetan, los jóvenes lo
consideran hipocresía e injusticia. Y tienen razón. Las constantes noticias que se refieren a escándalos
sexuales del clero tienen una influencia en las actitudes morales y religiosas.
La discrepancia entre las expectativas morales y religiosas de los jóvenes y el ejemplo que dan sacerdotes y
educadores plantea la mayor amenaza a sus actitudes morales y sociales. Muchos se alejan de la religiosidad
de sus padres, porque no quieren repetir sus incongruencias morales. Mientras más impuestas hayan sido en su
niñez las opiniones y prácticas religiosas, más se apartarán los jóvenes de la religión de sus padres. La
etapa del desarrollo resulta una especie de purificación y a veces profundización de su fe de niños. En las
familias en que realmente importan los valores espirituales y religiosos, también son importantes para los
niños, aunque por un lapso se distancien por la influencia de sus pares y los medios de comunicación.
Aún queda el problema, sin duda significativo, que se refiere a la experiencia del amor humano para los jóvenes, la
problemática sexual, el prepararse para la vida de familia, temas que excede los límites de este ensayo.
***
“Juventud es ´crecimiento´ (…) Tiempo de desarrollo psicofísico: crecen todas las energías por las que se construye
la persona humana. Proceso que tiene que ser acompañado por el “crecimiento en sabiduría y en gracia.” (…) La
juventud debería ser un proceso de “crecer”, con la gradual acumulación de todo lo que es verdadero, bueno y
bello.” (Juan Pablo II en su Carta a los Jóvenes - 1985).
Józef Augustyn, SJ, (nació en 1950), sacerdote, profesor asistente de Teología Pastoral, da Ejercicios de San
Ignacio, guía espiritual, Editor de la revista “Vida Espiritual.” Ha publicado muchos libros de espiritualidad y
pedagogía cristiana, como: Guía a la Juventud, Integración Sexual; Paternidad; Celibato; Cómo Orar; El Sacramento
de la Penitencia.
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Primera Parte: Amar con el Corazón de Jesús
Amar con el Corazón de Jesús ¿Quien puede negar que nuestra vocación es amar con el Corazón de Jesús?
Hace unos años tuve una intuición sobre cómo podemos alcanzar ese objetivo. Leía el libro “En las huellas de
Jesús” de Bruce Marchiano, un actor que representó a Jesús en “El Evangelio según San Mateo” de una serie “La Biblia
Visual”. [1]
Marchiano describe como se aproximó al rol de Jesús. Como buen actor, supo que tenía que entrar en la mente y
corazón de su personaje. No podía llegar a una escena sólo pensando ¿Qué haría Jesús? Tenía que llegar a ser la
persona que representaba. Para eso, tenía que ponerse en los puntos de vista de Jesús, sus actitudes, pensamientos
y sentir. Y dice:
"Es esencial para un actor captar el punto de vista del personaje. El mundo parece distinto a gente distinta y ahí
está la diferencia en las reacciones y sensaciones de la gente. Un buen ejemplo es 2 personas mirando a un vagabundo:
a uno se le parte el corazón, al otro le molesta… ambos responden de forma muy distinta".
[2]
¿Cómo buscó Marchiano entrar al punto de vista de Jesús, el hijo de Dios? Esto es lo que dijo:
"Mi director, Al Ruscio, citaba el dicho “el viaje de la cabeza al corazón es un viaje de mil kilómetros!” De alguna
manera yo sabía que tenía que hacer ese viaje antes de que las cámaras partieran, ese era el enfoque de mi oración –
que por primera vez en mi vida decía: Señor, muéstrame como se ve todo por tus ojos.”
[3]
Así Marchiano pidió la gracia de ver y sentir lo que Jesús habría visto y sentido. Según contó, esa gracia le fue
dada en un instante. Entró en el corazón divino y humano de Jesús y sintió toda su emoción humana e intensidad
divina. Así explicó su experiencia:
"Estaba rodeado por la muchedumbre que no prestaba atención. Yo caminaba y oraba mirando a la multitud de caras:
“Señor, muéstrame cómo se ve todo por tus ojos”. Aquí se pone difícil porque me faltan palabras para describir lo
que me sucedió. Fue tan rápido – una fracción de segundo - y estoy convencido que la razón de por qué fue tan
rápido es que el Señor me protegió. Y lo que “vi” en ese instante no fue con mis ojos –fue algo en mi corazón.
Lo único que puedo decir es que vi un mar de gente viviendo sus vidas en desacuerdo a su plan. Viviendo aparte
de su amor, de su cariño, de su bondad, su abrazo, sus planes, propósitos y esperanzas para ellos.
Fue algo terrible – no tengo palabras para describirles lo terrible que fue. Recuerdo cuando sucedió, fue como
si me hubieran quitado el aliento; no podía respirar y mi corazón simplemente se me partió a un nivel que no me
imaginaba que existiera, y comencé a temblar y llorar…
Por primera vez en mi vida comprendí qué significa “compasión” cuando viene de Jesús. Entendí que no es solo sentir
pena por alguien: es un dolor del corazón tan intenso y profundo, como si tu interior fuera rasgado. Es un grito del
corazón que clama en la mayor agonía por el dolor innecesario, sin sentido, de la gente - que sólo tendría que
volverse a El. Lo que sentí entonces fue increíblemente trágico. Y no se puede dudar que lo que gusté fue sólo
una gota de agua de los océanos del universo comparado con lo que El realmente siente".
[4]
Como Marchiano, nuestro objetivo es entrar en el corazón y la mente de Jesucristo, para ser, en el lenguaje de la
Iglesia, configurados con Cristo. Queremos amar con el amor de Cristo, no sólo por un momento mientras cumplimos un
rol, sino siempre, constantemente, cada día de nuestras vidas. Esta configuración, esta transformación, es lo que
la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, Vita Consecrata, llama “Amar con el Corazón de Cristo.”
[5]
Configurarse con Cristo significa vivir unido a su Corazón y amar como El ama – al Padre y a todos los hijos de
Dios por quienes Jesús sufrió y murió. Configurarse con Cristo significa tener el amor de Dios en el centro de nuestro
ser de modo que todos nuestros pensamientos, afectos, palabras y acciones irradien desde ese centro ardiente.
Configurarse con Cristo es ser apartado y totalmente dedicado – consagrado – al designio de Dios de llamar a cada
ser humano a una relación nupcial. Como el corazón que bombea la sangre vital a cada parte del cuerpo, así los
corazones de la gente consagrada – configurada al Corazón de Cristo y amando con su Corazón – envían vida eternal
y amor a todo el Cuerpo de Cristo y al Mundo.
Al comienzo de Vita Consecrata, el Papa Juan Pablo II escribió: “En cada época ha habido hombres y mujeres que,
obedientes al llamado del Padre y al impulsos del Espíritu, han elegido este modo particular de seguir a Cristo,
para dedicarse a El con un ‘corazón indiviso’ cf. 1Cor 7:34. Sólo hay un ‘corazón indiviso’, el de Jesús.
Entregarse a su Corazón es esencial para vivir auténticamente la vida consagrada.
[6]
Desde los primeros siglos de la Iglesia, la devoción al corazón herido de Jesús ha sido una devoción importante.
El Papa Benedicto continua esa tradición y el 2006, en el 50° aniversario de la gran encíclica sobre el Sagrado
Corazón de Pío XII Haurietis Aquas, envió una carta al entonces Superior General de los Jesuitas, P. Peter-Hans
Kolvenbach. En la conclusión escribe: “Por lo tanto, mirar al ‘costado traspasado por la lanza,’ en el cual
resplandece la ilimitada voluntad de Dios para la salvación, no puede ser considerado como una forma pasada de
culto o devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado su expresión histórico-devocional en el símbolo
del ‘corazón traspasado,’ sigue siendo absolutamente necesaria para una relación viva con Dios.”
[7]
Si la devoción al corazón traspasado se pide a todo creyente, es mucho más esencial para el consagrado que está
llamado a seguir a Cristo con todo el corazón “conformando toda su existencia a Cristo…”
[8]
El significado evangélico de los votos es: “Los consejos evangélicos por los cuales Cristo invita a algunos a
compartir su experiencia de ser casto, pobre y obediente, llama y se hace manifiesta en los que los aceptan con
un explícito deseo de ser totalmente conformados a El.” [9]
Tal conformación es algo del corazón. Comienza con “Conocimiento del corazón” del amor personal de Dios. No
basta para un consagrado tener “conocimiento intelectual” de Jesús. Todos somos llamados a una profunda relación
de corazón a corazón con Jesús, a conocerlo íntimamente. Ese es el conocimiento que transforma los corazones y
configura más de cerca a los consagrados día a día a Jesús.
Recordemos lo que el actor Marchiano hizo al entrar al conocimiento de corazón de Jesús: REZÓ. Y Dios lo favoreció
con un encuentro con el corazón mismo de Jesús. La oración es esencial para los llamados a una configuración más
cercana a Cristo. Además es mucho más que leer sobre Jesús en los evangelios y luego salir y tratar de imitarlo.
Imitar pone la pregunta “Que haría Jesús?” Pedimos configurarnos, ser llevados a una relación viva con Jesús
para compartir sus actitudes, valores, deseos, pensamientos y sentimientos. Nos lleva a decir diariamente
cada día con más autenticidad, como San Pablo “Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí” (Gal 2: 20). Al irse
configurando nuestro corazón al de Jesús, toma el mismo ritmo del suyo, como lo hizo El Corazón inmaculado
de María. Pedimos que nuestros corazones –el propio y el de Jesús vayan como uno en su amor al Padre y su
amor a todo ser humano.
Vemos que la devoción al Corazón de Jesús no es sólo una más, ni el carisma particular de unos pocos, sino un
elemento esencial en la vida cristiana. Las expresiones actuales de esta devoción – representaciones de arte y
oración – varían mucho, dependiendo de prácticas personales y preferencias culturales. Pero la devoción al
Corazón de Cristo no es sólo una opción para los elegidos para ser configurados con Cristo. ¿Cómo podría
alguien configurarse a Cristo sin su corazón?
Segunda Parte: “Les daré un corazón nuevo.”
Los consagrados están llamados a configurarse con Cristo tanto como El se consagró totalmente al Padre y su
voluntad. San Pablo expresó así su propia consagración: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” Gal 2:20.
No era destruirse a sí mismo, sino la transformación de sí mismo por la unión con Jesús el Cristo.
¿Cómo podemos seguir el ejemplo de Pablo? ¿Cómo crecer en nuestra consagración para realmente configurarnos con
Cristo? Para poder decir honestamente: Ya no vivo yo sino Cristo vive en mí.
Podemos por la fuente y culmen de la vida cristiana: la Eucaristía.[10] Sólo este gran sacramento nos puede cambiar
de pobres, débiles, pecadores en santos, configurados con Cristo, íconos vivos de Jesús en el Mundo de hoy. Por este
sacramento recibimos un nuevo corazón y una nueva actitud, un corazón capaz de pensar, sentir y amar como Jesús.
Al confrontar el duro corazón del Pueblo Elegido, el Profeta Ezequiel anunció una gran promesa. Habló de la
Palabra de Dios al exiliado Israel ante la visión de los huesos secos:
"Les daré un Nuevo CORAZON y un nuevo espíritu, sacando de sus cuerpos sus corazones de piedra. Pondré mi espíritu
en uds. Y los haré vivir por mis principios, para que observen mis decretos. Ez 36,26-27".
Esta profecía de un nuevo corazón se cumple en el Corazón de Cristo. Sólo en Jesús podemos encontrar un corazón
humano capaz de amar al Padre con cada pensamiento, palabra y acción. Su Corazón está lleno hasta el infinito con
el amor de Dios por cada ser humano creado a su imagen divina, hecho para una unión nupcial con Dios. Un Corazón
que puede sentir con nosotros y darnos el poder seguir a Jesús de cerca en castidad, pobreza y obediencia. Este
nuevo corazón, el de Jesús, se nos entrega en cada Eucaristía.
El Catecismo, citando a Trento, afirma: “En el gran Sacramento de la Eucaristía ‘el cuerpo y la sangre, junto a
la divinidad de nuestro Señor Jesucristo está todo el Cristo real y substancialmente presente.” [11]
Porque Jesús está
totalmente presente, su Corazón está presente en la Eucaristía. Juan Pablo II escribió en su Carta Apostólica para
el año de la Eucaristía.
"Hay una especial necesidad de cultivar una conciencia viva de la presencia real de Cristo, tanto en la
celebración de la Misa como en la adoración de la Eucaristía fuera de la Misa…la presencia de Jesús en el
tabernáculo debe ser un polo magnético que atraiga a un creciente número de almas enamoradas de El, listas para
esperar pacientemente oír su voz, y sentir el ritmo de su corazón".
[12]
Al llegar a la adoración eucarística, nos ponemos en la Presencia del Corazón Eucarístico de Jesús. Como San Juan
en la última cena, nos acercamos y descansamos en su Corazón, tomando fuerzas para los desafíos y pruebas que
enfrentaremos.
Más aún, cuando recibimos la comunión, el corazón de Jesús y el nuestro se hacen uno, incluso en un sentido
nupcial. En la Eucaristía recibimos el corazón nuevo que Dios nos prometió en Ezequiel, el Corazón del hijo único
de Dios. Jesús nos da el corazón que puede seguir la Ley de Dios. Su corazón unido al nuestro nos transforma y
configure más a Cristo.
El 2005 Benedicto XVI habló con elocuencia sobre el poder transformador de la Eucaristía. Dijo:
"Anoche nos juntamos en la presencia del Sagrado Corazón donde Jesús se hace para nosotros el pan que nos sustenta
y ahí empezó nuestro viaje interior de adoración. En la Eucaristía, la adoración se debe hacer unión. Al hacer el
pan su Cuerpo y el vino su Sangre, El anticipa su muerte, la acepa en su Corazón y la transforma en un acto de amor.
Lo que exteriormente es solo violencia brutal -la Crucifixión- interiormente es un acto de autoentrega total en
amor. Esa es la transformación substancial que se operó en la Ultima Cena, para iniciar una serie de
transformaciones que conducen a la transformación del mundo cuando Dios sea todo en todos. cf. 1Cor 15,28.
Para usar una imagen actual, es como inducir fisión nuclear en el centro de nuestro ser -la victoria del amor
sobre el odio, del amor sobre la muerte. Sólo esta íntima explosión del bien conquistando el mal puede gatillar
la serie de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo".
Todo otro cambio es superficial y no puede salvar. Por esto hablamos de redención: lo que tenía que suceder
al nivel más íntimo ciertamente sucedió y podemos entrar en su dinámica. Jesús puede entregar su Cuerpo porque
realmente se entregó.
"Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida, trae otros cambios: el
pan y el vino se hacen su Cuerpo y su Sangre.
Lo que no puede detenerse aquí: el proceso de transformación adquiere fuerza: El Cuerpo y la Sangre de Cristo
se nos dan para que también nosotros nos transformemos. Tenemos que ser el Cuerpo de Cristo, su propia carne
y sangre.
Comemos el mismo pan, y nos hacemos uno. Así, la adoración, como dijimos, se hace unión. Dios ya no está ante
nosotros como el totalmente Otro. Está en nosotros y nosotros en El".
[13]
Las palabras de Benedicto XVI se reflejan en el Prefacio VII dominical:
Padre todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte siempre gracias Tan grande es tu amor que nos diste a tu Hijo
como Redentor.
Lo enviaste como uno de nosotros, pero libre de pecado, para que pudieras ver y amar en nosotros lo que ves y
amas en Cristo.
¿Cómo es esto posible? ¿Cómo podemos configurarnos con Cristo? Por medio del Corazón Eucarístico de Jesús.
En la Encarnación, la Palabra eterna del Padre tomó carne. A los 21 días de su concepción, el corazón físico del
hijo de Dios comenzó a latir. En el vientre de la Virgen María se casó la humanidad con la divinidad. Ahora Dios
amó con un corazón que es humano y divino.
Con cada celebración de la Eucaristía, la Palabra se hace nuevamente carne y abre su Corazón en un acto de
amorosa entrega total. Ya que une su Corazón al nuestro en la comunión, tenemos un nuevo corazón configurado
con Cristo. Se entrega a nosotros para que podamos ser uno con El y decir: “Ya no vivo yo, sino Cristo
vive en mí.”
Un pensamiento final: el poder transformador de la Eucaristía no es automático. Requiere nuestra cooperación
y entrega. San Pablo dice a los Corintios que “el que coma y beba indignamente el cuerpo y sangre del Señor
tendrá que responder por eso” 1Cor 11,27.
Jesús le dijo a la gran santa del Sagrado Corazón, Sta. Margarita María, que pidiera reparación por los que no
disciernen la Presencia del Señor en la Eucaristía, o responden con apatía. En su relato:
"Un día, arrodillada ante el Santísimo…Le oí decir: “Haz lo que ya te he pedido a menudo; no puedes mostrar
tu amor en mejor manera que eso!” Abrió su Corazón al decir: “Ahí está ese corazón con tanto amor a los
hombres…encuentra poco reconocimiento de la mayoría; lo que recibo es ingratitud – muestra de su irreverencia,
sacrilegios, frialdad y desprecio por mí en me in mi Sacramento de Amor. Lo que más me duele es que corazones
dedicados a mi servicio se comporten así".
Luego, después de repetir su petición de una fiesta de reparación en honor de su Corazón, Jesús dijo:
"Te prometo que abriré mi Corazón a todos los que me honren de este modo y que lleven a otros a hacer lo mismo;
sentirán en plenitud el poder de mi amor.
Nuestra cooperación con el poder transformador de la Eucaristía es esencial. Como enchufar una lámpara. Ahí está
la potencia para encenderla, pero si no la enchufamos, no habrá luz. Así también la luz de Cristo solo nos
iluminará y brillará en nosotros con nuestra cooperación.
3a Parte: El Corazón casto de Jesús
En los 80s las radios de música pop tocaban la canción ”Corazón con hoyo”. Su pegajoso estribillo decía:
“hay un hoyo en mi corazón que solo tú puedes llenar” La canción era de amor romántico, pero expresa mejor
nuestra relación con Dios. Como San Agustín que dijo que estamos hachos para Dios y nuestros corazones no
descansan hasta que no descansen en Dios.
Todos tenemos un hoyo en el corazón, un vacío que sólo Dios puede llenar. Pero con frecuencia no reconocemos
nuestra necesidad de Dios. Tratamos de llenar el hoyo con todo tipo de cosas: posesiones y posición, poder y
prestigio, placeres y gente. Creemos que las deseamos. Que satisfarán nuestras necesidades profundas. De hecho,
nos distraen de nuestra hambre congénita de Dios, pero no nos satisfacen.
Sólo Dios nos satisface, no solo en la vida eterna sino en el momento presente. Ya lo hemos oído. Tal vez
experimentamos esa satisfacción de vez en cuando. Pero, ¿cómo hacer esto algo continuo en nuestras vidas de
consagrados? Castidad.
Juan Pablo II llamó al voto de castidad la ‘puerta’ de toda la vida consagrada.” [14]
Por la castidad, el corazón de
una persona consagrada se configura a Jesucristo, Dios-con-nosotros. Sólo el corazón casto de Jesús puede llenar
nuestro vacío. Porque la castidad, dice Juan Pablo II, “expresa el anhelo de un corazón insatisfecho por todo amor
finito.” [15]
¡Cuan pocos entienden esto! El mundo ve la castidad en términos negativos, como un problema, aún como un absurdo
sacrificio de algo esencial. El mundo ve el amor como un sentimiento. El símbolo del corazón ahora por todos lados
declara el amor de uno por cualquier cosa: Yo ♥ New York! Yo ♥ el queso… o sea, amo cualquier cosa que me da
placer. Yo en primer lugar. Quiero sentirme bien. El amor que satisface no se centra en mí mismo. El verdadero
amor es totalmente diferente.
La Castidad es un sacrificio, pero no la falta de algo. Nos abre al único Amor que nos puede satisfacer.
Benedicto XVI escribió en Deus Caritas Est que si queremos ver el verdadero amor, definir el verdadero amor,
tenemos que mirar al costado traspasado de Jesús. El centurión romano puso su lanza en el costado de Jesús y
la metió en su corazón. Salió sangre y agua. En su corazón traspasado se unen el apasionado amor del eros y al
amor desinteresado del agape. El Hijo de Dios nos ama con una intensidad que se expresa en el don total de sí
mismo. [16] Sólo el amor de Jesús puede llenar nuestro vacío porque como observó Christopher West es gratis, total,
fiel, y fructífero. [17] Este es el verdadero amor para el que Dios nos creó: la unión con El.
El amor apasionado y desinteresado del Hijo de Dios alcanzó su clímax en la cruz. Y se hace presente ahora en
cada celebración de la Eucaristía. Ahí Jesús se ofrece totalmente al Padre y a nosotros, uniéndosenos en la comunión.
Su Corazón Eucarístico llena nuestros corazones con amor y nosotros recibimos el poder de amar con corazones
puros.
En las Bienaventuranzas Jesús declaró: “Felices los de corazón puro porque ellos verán a Dios.”
[18] La pureza
de corazón lleva al amor verdadero. Los puros de corazón como Jesús y su Madre se llenarán de amor y verán a Dios.
Los que como Jesús tienen el corazón puro, compartirán su íntima relación con el Padre. Llenos de esperanza
dirán con San Pablo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado.” [19]
San Pablo pidió que los Efesios sean “fortalecidos interiormente con el poder del Espíritu. ¿Para qué?
Para que “Cristo viva en sus corazones por la fe, para que enraizados en el amor tengan la fuerza para comprender
con los santos cual es el ancho, largo y profundidad del amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento, para que
se llenen del amor de Dios.” [20] Los de corazón puro no tienen problema para ser llenados con el amor de Dios. Su
visión es pura, capaz de ver a Dios claramente, sin distracción o distorsión.
Llenos del amor de Dios que se derrama del Corazón de Cristo para todos sus hijos. El 2002 la Congregación para
los Institutos de Vida Consagrada dijo “La Virginidad abre el corazón a Cristo y hace posible amar como
El amó.” [21] El corazón puro no ve a otras personas como objetos de placer. Cuando uno está lleno del amor de
Dios ama a los otros con un amor puro. Limpieza de corazón significa no solo ser limpio de la mancha de pecado
sino estar 100% entregado a la voluntad de Dios. Pureza de corazón es ver a los otros como los ve Dios y
desear lo que Dios desea de ellos.
El verdadero amor –que no se busca a sí mismo – es un acto de la voluntad. Los consagrados que conocen la
profundidad del amor de Dios revelado en el Corazón de Jesús son libres para amar con el mismo amor sacrificial
con que amó Jesús. El gran misterio es que amando así no nos vaciamos sino que nos llenamos, el amor crece al amar.
Juan Pablo II, comentó con profundidad la invocación en la Letanía del Sagrado Corazón: “Corazón de Jesús que
enriqueces a los que te invocan”:
"Este es el corazón generoso, porque en él habita la plenitud: en Cristo, hombre verdadero, habita la plenitud
de la divinidad y Dios es Amor. Es generoso porque ama, y amar significa dar, expandirse. Amar es ser un don. Es
ser para los demás, para todos, para cada uno…El amor nunca se agotará por la generosidad, sino que crecerá. Crece
constantemente: esa es la naturaleza del amor. Ese es también el misterio del Corazón de Jesús que nos enriquece
a todos. Se abre para cada persona. Totalmente abierto, su generosidad jamás se agota. La generosidad del Corazón
de Jesús da testimonio del hecho que el amor no se atiene a las leyes de la muerte sino a las de la resurrección y
la vida. Y del hecho que el amor crece con amor, esa es su naturaleza".
[22]
El amor del Corazón de Jesús hace posible todo: un amor total a Dios que se derrama a todo prójimo. Como dijo
Juan Pablo II:
"Sí, en Cristo es posible amar a Dios con todo el corazón, ponerlo por encima de todo otro amor y así, ¡amar
a cada creatura con la libertad de Dios! Este testimonio es más necesario que nunca hoy, precisamente porque
nuestro mundo lo entiende tan poco…Por ese testimonio, el amor humano se ofrece como un punto de referencia
estable: el puro amor que los consagrados sacan de la contemplación del amor Trinitario, revelado en Cristo.
Porque están insertos en ese misterio, los consagrados se sienten capaces de un amor universal y radical.
Así la castidad consagrada se ve como una experiencia gozosa y liberadora. [23]
La castidad es “gozosa y liberadora” porque el corazón del consagrado ya no tiene un agujero, sino que en
unión con el Corazón de Jesús se hace un corazón pleno. [24]
La persona no casta intenta llenar el vacío de la
humana naturaleza con cosas que nunca satisfacen. Porque Dios llena al casto con su propio amor, con la
plenitud de Sí mismo.
4a Parte: El Corazón pobre de Jesús. Es mejor ser rico.
Como joven jesuita trabajé en una reserva indígena en Dakota del Sur. A veces visitaba a un laico que vivía en
un trailer en la misión. El condado Shannon era el más pobre en los EEUU. En la pared de su pequeño baño había
puesto un poster que mostraba una fabulosa mansión. Abajo decía: he sido pobre y rico, rico es mejor.
Me sorprendió ver eso en la casa de un cristiano comprometido como era mi amigo. Tal vez el poster estaba
ahí antes que llegara él, pensé. O no se da cuenta de la contradicción. O pensó que el poster era gracioso.
Me llevó algunos años darme cuenta por qué lo puso.
Ciertamente rico es mejor que pobre. El rico come bien, se viste bien, tiene buena casa, es educado…no es
necesariamente egoísta. Tiene la posibilidad de hacer el bien. De dar al pobre esperando que no siempre sea
pobre. En cambio la pobreza está llena de hambre y privación, mucho trabajo y mala salud. Lleva a muchos
problemas personales y sociales. Con razón se ve la pobreza como mala y se busca salir de ella.
Pero en las Bienaventuranzas de Mateo, Jesús nos dice: Felices los pobres de espíritu. Y en las de Lucas,
simplemente: Felices los pobres. En ambos casos Jesús llama felices a los pobres, porque el Reino de los
Cielos les pertenece. Jesús dice claramente: pobre es mejor.
Jesús vivió lo que predicó. Bajó del cielo y nació en un refugio para animales. Avisada de las intenciones
asesinas de Herodes, huyeron a Egipto, como refugiados políticos. Varios años desplazados , lejos de su
familia y vecinos. Cuando Jesús creció, tomó la ruta del mendigo: “los zorros tienen madrigueras y los
pájaros nidos,” dijo, “pero el Hijo del Hombre no tiene donde descansar su cabeza” (Mat 8,20; Luc 9,58).
En las palabras de la canción de Rich Mullins, “La esperanza de todo el mundo está en los hombros de
un sin casa.” Citando otra canción del Siglo I, San Pablo dijo que Jesús “se vació de sí mismo, tomando
la forma de un esclavo” (Fil. 2,7). Se ve que Jesús valoró la pobreza.
En Corintios II Pablo intenta explicar: “Saben que el Señor Jesús por nosotros se hizo pobre aunque era
rico, para que la pobreza se hiciera riqueza” (8,9).
¿Nos hace ricos la pobreza de Jesús? ¿Cómo es posible? Es un misterio paradojal. La pobreza de Jesús nos
hace ricos del mismo modo que su muerte nos da vida. Tal como su vaciarse de sí mismo en la Cruz y en
la Eucaristía nos llena con la plenitud de Dios. Al morir Jesús, su corazón exuberante del amor del
Padre, derramó todas las riquezas de ese amor. En su muerte, dio a la Iglesia su vida sacramental,
el agua y la sangre del Bautismo y la Eucaristía.
Nosotros los consagrados hacemos voto de pobreza porque queremos estar configurados con Cristo.
Nuestro voto es la promesa de ser pobres en cuerpo y espíritu, como Jesús, quien no tuvo nada y se
confió sólo en el Padre.
Como ya vimos, en todos nosotros hay un vacío que solo Dios puede llenar. Pero somos tentados
de llenar ese vacío con muchas cosas que no ayudan, como las posesiones y el confort que aportan.
Tentados de confiar en la riqueza material, como si nos salvara de la infelicidad o incertidumbre.
Sabemos que “aquí no tenemos una ciudad duradera ” (Heb 13,14), pero nos tentamos de establecer y
fortificar nuestra morada en este mundo. Siempre estamos en peligro de olvidar nuestro llamado a la pobreza.
El voto de pobreza que hacemos es un profundo reconocimiento de la realidad de la condición
humana. Reconocemos que nacemos con nada y no llevamos nada al morir. Ningún ataúd tiene equipaje ni
le sigue un carro con bienes materiales.
El corazón humano y divino de Jesús sabía que no podemos llevar los bienes de este mundo al otro. Sabía donde
está la verdadera riqueza: solo en el Amor del Padre. Interpeló a sus seguidores: “Donde está tu tesoro, ahí
está tu corazón” (Lc 12,34). Y con fuerza: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que
un rico entre al Reino de Dios.” (Lc 18,25). Todo el que desee estar cerca de Dios debe entregarlo todo.
Las manos que se agarran a las cosas no están libres para recibir el don mayor. Los substitutos de
Dios –los ídolos materiales a los que somos tentados a aferrarnos- nos cierran a la verdadera riqueza
que es Dios mismo. Juan Pablo II escribió: “La Pobreza proclama que Dios es el único tesoro del hombre.”
[25]
Nuestro voto de pobreza no sólo nos abre al amor de Dios sino también al amor al prójimo. Lleno del amor
a Dios, el Corazón de Jesús tiene espacio para todos, porque el amor del Padre abarca a todos sus hijos. Y hay
un lugar especial en el Corazón de Jesús para los pobres. Juan Pablo II nos recuerda: “Al comienzo de su
ministerio, en la sinagoga de Nazaret, Jesús anuncia que el Espíritu lo ha consagrado para anunciar la
Buena Noticia a los pobres, proclamar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, liberar a
los oprimidos… (Lc 4:16-19).”
La Iglesia continúa la misión de Jesús comprometido con los pobres. Los que por los consejos evangélicos
nos configuramos de cerca con Cristo compartimos la opción preferencial por los pobres. Juan Pablo II sigue:
“La opción por el pobre es inherente a la esencia del amor vivido en Cristo. Por eso todos los discípulos de
Cristo siguen esa opción, pero los llamados a seguir más de cerca al Señor, imitando sus actitudes, no
pueden sino comprometerse de forma especial. La sinceridad de su respuesta al Amor de Cristo los lleva a
una vida de pobreza y a abrazar la causa de los pobres.”
[26]
Cuando se vive, el voto de pobreza configura los corazones de los consagrados al Corazón pobre de Jesús.
Vaciados de todo, los consagrados se llenan del amor de Dios y con el amor de Jesús por los pobres. Porque
conocemos a Cristo y el amor que su Corazón revela, podemos decir con San Pablo: “Todo lo que he ganado lo
considero basura a causa de Cristo. Más aún, todo lo considero una pérdida por el supremo bien de conocer
a Cristo Jesús mi Señor. Por El acepto la pérdida de todas las cosas y las considero nada para poder ganar
a Cristo y ser encontrado en El…” (Fil 3,7-9).
Ahí estaba yo, un inocente seminarista, en ese pequeño baño mirando al poster de una mansión fabulosa. “He
sido rico y he sido pobre, Rico es mejor. No estuve de acuerdo entonces. No correspondía al modo humilde de
vida de mi amigo y a su servicio a los más pobres del país. Ahora estoy seguro que mi amigo comprendió el
mensaje de la pobreza de Jesús profundamente. Creo que puso el poster como un recuerdo irónico de que la
verdadera riqueza de Dios no se puede comparar a la falsa riqueza de este mundo. Sabía que la riqueza de
este mundo es, como dice San Pablo, basura. En el fondo, el amor de Dios es lo único digno de ser llamado
riqueza. Cuando elegimos la pobreza para buscar el amor de Dios, encontramos nuestro tesoro en el Corazón
de Jesús. En nuestra pobreza, somos ricos más allá de todo lo imaginable. Sí, rico es mejor.
Notas
[1] In the Footsteps of Jesus: One Man’s Journey through the
Life of Christ, Bruce Marchiano, Harvest House Press, 1997.
[2] Marchiano, p. 115
[3] Marchiano, p. 115
[4] Marchiano, p. 116
[5] Juan Pablo II, Vita Consecrata, párrafo 75.
[6] JPII, VC, 1.
[7] Pope Benedict XVI, Letter to Fr. Peter-Hans Kolvenbach, May 15, 2006.
[8] JPII, VC, 16.
[9] JPII, VC, 16, emphasis in the original.
[10] Lumen Gentium # 11.
[11] Catechism of the Catholic Church, # 1374.
[12] Mane Nobiscum Domine, # 18.
[13] Homilía Día Final, World Youth Day, Marienfeld, Cologne, August 21, 2005.
[14] Vita Consecrata, 32.
[15] Vita Consecrata, 36.
[16] Deus Caritas Est, 9-12.
[17] Theology of the Body for Beginners, 91, 141
[18] Mateo 5:8
[19] Romans 5:5
[20] Ephesians 3:16-19.
[21] Starting Afresh from Christ, 22.
[22] Angelus Message, August 3, 1986.
[23] Vita Consecrata, 88.
[24]Juego de palabras en inglés: hole es agujero y whole es completo, total (N.del T)
[25] Vita Consecrata, 21.
[26] Vita Consecrata, 82.
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(testimonio personal sobre el AO de un joven jesuita que se encuentra ahora en Taiwán,
preparándose a ser misionero en China)
En Braga, en nuestra casa de formación para estudiantes jesuitas, hace algunos meses fuimos visitados por el
P. Claudio Barriga, sj, delegado mundial para el Apostolado de la Oración. Como jesuita, ya había oído hablar del
AO, pero nunca me había decidido a profundizar esta propuesta espiritual.
Después de ese encuentro, en que él nos explicó los aspectos fundamentales de este apostolado tan especial, quedé
muy tocado por lo que me pareció ser una propuesta muy profunda, exigente y, al mismo tiempo, extremadamente
simple.
Comencé a hacer la oración de ofrecimiento cada mañana. Al despertar, aún cuando no siempre uso la fórmula
propuesta, me pongo delante de Dios y le ofrezco todo lo que voy a vivir y hacer en este día. Ofrezco como quien
ofrece un regalo a alguien que se quiere mucho (este es un aspecto que me ayuda a concretizar). Por breves instantes
recuerdo también las intenciones de la Iglesia para este mes.
Lo que quisiera compartir es lo que he sentido desde que comencé con este tipo de oración y actitud. Parece
increíble, pero siento que pasé a recibir la gracia de acordarme siempre de mi ofrecimiento. A lo largo del día me
viene al corazón un fuerte deseo de ofrecer los distintos momentos a Dios, como un regalo que se une a los regalos
de millones de personas en la Iglesia. El deseo misionero de transformar el mundo en el Reino de Dios, comienza
con la transformación del propio corazón. “Cámbiate a ti mismo para cambiar el mundo”, como dijo alguno.
A las personas que más queremos no les ofrecemos cualquier cosa. Yo quiero que mi ofrecimiento sea algo bonito.
Así, comencé a darme cuenta de la enorme exigencia de este tipo de entrega. Es que, si ofrezco en la mañana todos
los momentos de mi día, entonces quiero que ellos sean vividos plenamente. Las pequeñas flojeras, incoherencias,
concesiones de todo género, como también los momentos de valentía, de fidelidad a los trabajos cotidianos o el a
fecto y cariño por los demás, todo esto se ofrece junto.
Y, por la gracia de Dios, me viene el deseo de querer mejorar mi regalo, dando pequeños pasos para hacer de mi
vida un ofrecimiento más bonito, más pleno, como la ofrenda de Jesús, que sólo pensaba en agradar al Padre. Puedo
decir que más que sólo una intención, la propuesta del AO es una ayuda muy concreta en mi vida, porque Dios va dando
cuerpo a una entrega generosa y sincera. Y, tal como en el milagro de los panes y los dos peces, lo poco que voy
siendo capaz de ofrecer es transformado y aprovechado por Dios hasta convertirse en un enorme bien en mi vida.
El Señor no se deja vencer en generosidad y, cada noche, cuando intento ver lo que él hizo con el regalo que le
ofrecí, quedo sorprendido y lleno de gratitud. El bien, por pequeño que sea, fue entregado con amor y se
multiplica y va abriendo caminos de una entrega siempre más grande y más alegre. Del menor bien, surgen
inesperadas presencias de Dios, llenas de misericordia y de nuevas oportunidades.
Puntos que quiero retener a propósito del Apostolado de la Oración y que me parecen resumir esta
espiritualidad:
La vida concreta de cada persona tiene inmenso significado y valor (ofrenda amorosa).
Vivir eucarísticamente, unido a la entrega de Cristo (Corazón de Jesús).
Unión a la Iglesia y sentido de universalidad (intenciones).
En la oración de la mañana se hace, con toda sencillez, la ofrenda de todo lo voy a hacer y vivir durante el día.
Se trata de expresar mi deseo de vivir enteramente unido a la voluntad de Dios y de pedirle ayuda
para lograrlo.
En la oración de la noche (examen) se busca ver y agradecer aquello que el Señor hizo con lo que le ofrecí,
y le agradecemos por el modo cómo él va multiplicando el bien y sanando el mal.
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Estoy feliz de encontrarlos aquí en Roma y de tener la oportunidad de dirigirme a Uds.
Ustedes han seguido o siguen una formación en el MEJ para vivir la vida al estilo de Jesus.
Me gustaría saber lo que esta expresión significa concretamente para Uds. y para los que
entre ustedes son antiguos miembros del MEJ. ¿Qué significa para Uds. vivir hoy al modo de
Jesús ? Seguramente me podrían compartir hermosas experiencias.
Tal vez me dirían: Hemos encontrado una verdadera amistad, el sentido profundo de la vida
y la oportunidad de estar realmente al servicio de los demás. Eso sería ya una hermosa
experiencia, que nos hace profundamente humanos. Pero creo que me dirían más bien: en
el MEJ hemos encontrado al Cristo vivo, gozoso, amigo; hemos tenido la experiencia de un
Dios cercano. Porque el MEJ, es en primer lugar vivir conociendo a Cristo, vivir con El, como
El y en El! El MEJ es un camino de formación que configura nuestra vida a la de Cristo, que
nos hace llegar a ser como El. Ese es el objetivo de la pedagogía del MEJ. ¿Cómo se logra
este objetivo? Las numerosas actividades, encuentros, celebraciones, campamentos, cursos,
música, juegos, etc., tienen por fin - aunque éste no siempre sea explícito - hacer conocer en
profundidad la vida de Cristo y compartirla, en sus diversas dimensiones en nuestras
diversas realidades.
Ese es precisamente el sentido de su espiritualidad Eucarística. Son invitados a dejar que sus
vidas se modelen por la Eucaristía. Estas son las palabras del Papa Juan Pablo II en su
alocución a los responsables mundiales del Apostolado de la Oración en 1985:
Deben esforzarse por formar cristianos que estén plasmados interiormente
por la Eucaristía, que da fuerza para empeñarse con generosidad en abrazar todas
las dimensiones de la vida con espíritu de sacrificio respecto de los hermanos, como
el Cuerpo de Cristo ofrecido y la Sangre derramada.
La Eucaristía es una fuente de inspiración para la vida. Aunque la participación en la Misa de
modo regular es esencial para entrar siempre más en esta ofrenda de nuestras vidas, lo más
importante es que toda nuestra vida se deje llevar por este dinamismo eucarístico. La
Eucaristía es para los mejinos un estilo de vida. En todo, siempre, en « todas las dimensiones
de su vida »; es vivir « el servicio a los hermanos ». Es llevar una vida eucarística durante la
semana, más allá de cuando estoy en el templo. Es una espiritualidad que nos enseña a
acoger y agradecer el don de la vida, para volver a darla al servicio de los demás.
Este modo de vida no es otro que el de Cristo. Ahí se encuentra todo el sentido de la vida de
Cristo, como en una verdadera síntesis, en la Ultima Cena. El revela por sus gestos y
palabras el significado último de su vida entregada por nosotros.
Otra cita del Papa, esta vez de Benedicto XVI, nos ayuda a entender el sentido profundo de
los gestos de la Eucaristía para Jesús mismo:
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo
del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más
íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia
brutal ―la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que
se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el
Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo
último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos
(cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún
modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de
transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se
transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. (XX JORNADA MUNDIAL DE LA
JUVENTUD, Colonia – Explanada de Marienfeld, 21 de agosto de 2005)
En síntesis, vivir una espiritualidad eucarística compromete toda la vida del cristiano. Es el
gran desafío del MEJ, y de los que toman en serio su propuesta espiritual. Es un programa
de vida al servicio de la transformación del mundo, que comienza por la transformación de
nuestros corazones.
Hasta aquí, les he recordado lo que Uds. ya saben y que forma parte de su bagaje espiritual.
Pero a menudo la pregunta que se nos plantea es la de María al Angel : "¿Cómo es esto
posible? Sabemos cuál es el ideal y el mensaje, pero ¿quién nos ayudará a hacerlos vida en
nosotros?"
La respuesta está en el sacramento mismo, en la celebración de la Eucaristía, en la
capacidad litúrgica de nuestros corazones de leer y descubrir en la celebración la respuesta
del Señor a nuestras preguntas. Sabemos cuánto se puede complicar nuestra vida tal vez en
la íntima profundidad de nuestra persona, y también en lo externo, en nuestra relación con
los demás. Nos enredamos, confundimos, aproblemamos en conflictos sentimentales, ideas,
prejuicios, etc. Nuestra vida está llena de dramas, buenos y malos, dolorosos, amenazantes.
A menudo no sabemos si se trata de una comedia o una tragedia.
Pues bien, el Señor nos guía a través de una serie de dramas, relatos dramáticos como los
que leemos en el Evangelio y en toda la Biblia. Nos explica cómo vivir mejor, cómo vivir
como hijos de Dios y de su Reino, por las parábolas, historias de milagros, encuentros,
conflictos… y en fin por el drama de su vida, muerte y resurrección.
La celebración litúrgica de la Eucaristía es un drama ritual que nos ayuda a situar los dramas
de nuestra vida, los cotidianos y los extraordinarios, a la luz del drama de Jesús. Es el mejor
puente que tenemos para iluminar nuestras preguntas, problemas, crisis… Esto supone que
realmente llevemos nuestras preguntas, problemas y crisis a la Eucaristía. Si no hay
pregunta, no habrá respuesta. Si no llevamos nuestra vida a la Eucaristía, ¿cómo podríamos
esperar que la Eucaristía transforme nuestra vida? La celebración es la arena, el campo
donde nuestros conflictos se resuelven, donde nuestra falta de confianza es puesta a
prueba, donde nuestra fe encuentra sus desafíos y encuentra su fuerza.
Esto significa que los Mejinos deben ser expertos de la celebración Eucarística, de modo
que la Eucaristía haga todas las cosas de que hablan los Papas y que obre la transformación
del mundo de la que habla el MEJ.
Si hablamos de la Eucaristía como transformación del mundo, es porque es verdad…
Debemos hacer que esto sea verdadero, comenzando por nuestra vida diaria, tocada,
bendecida, transformada en la medida en que dejemos que el drama de la vida, muerte y
resurrección de Jésus, su enseñanza y mensaje, contacten y toquen nuestra realidad
cotidiana, nuestros problemas y preguntas. Esta transformación cotidiana es la mejor
expresión del deseo de Dios de transformar todas las cosas: el pan y el vino, nuestra vida
con sus pensamientos y emociones; nuestras familias y relaciones; nuestros grupos sociales
y nuestro ambiente. El pan de la Eucaristía es el pan del pobre, el de nuestra vida, y está
hecho del trigo que los humildes han sembrado y cosechado. El vino de la Eucaristía viene
de las uvas que han sido cultivadas y prensadas para soltar su sabor, el de nuestra vida que
está destinada a ser ofrecida en la Viña del Señor de todos.
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